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175 Greenwich St, New York, NY 10007
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Noor Jahan Begum no gritó cuando vio el autobús caer. Solo abrió los ojos. Tan grandes que parecían querer atrapar todo lo que venía después, como si mirar con fuerza pudiera evitar el horror.
Estaba parada en el muelle de Daulatdia, cerca del río Padma, en Rajbari. Un sitio cualquiera en Bangladesh, uno de esos puntos invisibles en el mapa donde la gente transita y no se detiene. El ferry aún no llegaba. El autobús, cargado, esperaba su turno para embarcar. Luego, un desequilibrio. Un tropiezo en el borde del muelle, quizás un frenazo mal dado. Y el vehículo cayó. Pesado. Lento en la caída, como si el aire lo sostuviera por un instante. Luego el golpe contra el agua. Un chapoteo inmenso. Y después, los gritos.
Adentro, 40 personas.
Rescataron veintidós cuerpos del fondo del río. A nueve metros bajo la superficie. Estaban dentro del bus, atrapados como en una tumba de metal. Cinco niños. Once mujeres. Seis hombres. Dos mujeres más murieron después, fuera ya del agua, pero el cuerpo ya no resistió. Nadie sabe si sufrieron. Nadie sabe cuánto tardaron en ahogarse, si hubo quien llamó a su madre hasta el último minuto, o quien se agarró del asiento como si rezar con las manos sirviera.
Los buzos bajaron una y otra vez. Cuatro unidades del servicio de bomberos. Diez buzos. El ejército. La policía. La guardia costera. Todo el aparato movilizado para sacar cadáveres, no esperanzas. Porque nadie esperaba encontrar sobrevivientes allí abajo. Solo restos. Solo nombres.
Bangladesh. Un país de 170 millones de personas. Allá, cada día, más de 85 muertes por accidente de tránsito. No es nuevo, no es nuevo. Pero no se acostumbra el cuerpo. No se entierra la indignación. Las carreteras se deshacen. Los vehículos corren con frenos gastados, con luces apagadas, con choferes que no duermen. Y la gente sube igual. Porque no hay otra forma de llegar. Porque la distancia entre un lugar y otro solo la salda el riesgo.
Hubo más de 200 muertos en los días de Eid. Solo unos días. Un tren arrolló un autobús. Doce muertos. Lo contaron, pero no se condenó nada. Porque la culpa, allá como acá, siempre es difusa. Nunca se sabe quién firmó el permiso para ese bus viejo, quién aprobó el diseño del muelle, quién cerró los ojos mientras pasaba el corralito del transporte ilegal.
La OMS dice que en realidad mueren más de 31.000 al año. Pero el gobierno reporta cinco mil. La cifra oficial es un velo. Un silencio administrativo.
No sé si el conductor murió. No lo dijo nadie. Tampoco sé si llevaba pasajeros de más. Eso pasa, dicen. Se amontonan como pueden. Un niño viaja de pie. Una madre lo sostiene. Y de pronto, el piso desaparece.
La imagen que vi —la recuerdo borrosa— es de gente lanzando pañuelos largos al agua. Como si con un trozo de tela pudieran evitar el final. Un movimiento desesperado, pero hermoso. Porque en ese gesto, por más inútil, se afirma que no estamos solos. Aunque nadie llegue a tiempo.
¿Y los que no aparecen? Los que no estaban en el bus, pero ahora duermen sin dormir. Los padres que perderán la voz al pronunciar un nombre. Las hermanas que no van a poder abrir la mochila del hermano, porque todavía huele a él.
¿Cuándo se convierte esto en intolerable?
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