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Bueno… hace unos días, un colega me mandó un mensaje a eso de las tres de la mañana. Dijo solo: “¿Tú crees que aún importa lo que firmaron en París?” No respondí. No porque no supiera, sino porque me quedé mirando el techo, pensando en los corales. En cómo, el año pasado, dejaron de respirar en masa. No fue un terremoto, no fue una guerra. Fue el agua tibia. El mundo cruzó su primer punto de no retorno climático, y nadie sonó la alarma a tiempo.
La verdad es que, desde 2015, las cosas no han ido como se prometió. El gavel bajó, hubo aplausos, hasta lágrimas. Pero mientras los líderes se daban la mano, las emisiones seguían subiendo. En 2024, se dispararon a 53.2 gigatones de CO2 equivalente. Un récord. Dos terceras partes de esa basura climática salieron de ocho economías: China, Estados Unidos, la Unión Europea, India, Rusia, Indonesia, Brasil, Japón. Solo la UE y Japón bajaron un poco los números respecto al año anterior. El resto, no.
Y Estados Unidos, el segundo mayor emisor global, oficialmente ya no está en el Acuerdo de París. Por segunda vez. Hace un año, el presidente Donald Trump firmó la orden ejecutiva el mismo día de su toma de posesión. Desde entonces, ha prometido largarse de otros pactos ambientales. Nadie sabe bien qué sigue, pero todo el mundo siente el cambio.
En China, por ejemplo, siguen ardiendo fábricas clandestinas en Mongolia Interior. Humo negro contra el cielo. Pero al mismo tiempo, en Ningxia, los cerros se cubren de paneles solares. Instalaron en 2024 más capacidad fotovoltaica que el resto del mundo acumulado. Mil veces más que en 2010. Eso no es metáfora. Es un hecho. Y no lo dicen las grandes cadenas, lo dice un análisis del Energy and Climate Intelligence Unit, de Reino Unido.
En realidad, el progreso existe. Las energías renovables ahora dan el cuarenta por ciento de la electricidad mundial. En la primera mitad del año, solar y eólica superaron el crecimiento de la demanda. Por primera vez, le ganaron al carbón. Las inversiones en energía limpia duplican ya las que van al carbón, al petróleo, al gas.
Pero el carbón, justo el carbón, también alcanzó un récord global en uso. Sí. Al mismo tiempo.
Y aunque el mundo avanza en vehículos eléctricos —de 1% de ventas en 2015 a casi un 25% en una década—, aún se financian con 1.6 billones de dólares anuales proyectos fósiles. Dinero público. No privado. Gobiernos pagando lo que dicen querer dejar atrás.
La ONU ahora dice que sobrepasar 1.5 grados de calentamiento es inevitable. Al menos por un tiempo. Y que las consecuencias serán devastadoras. No es un pronóstico, es una declaración.
Cada fracción de grado cuenta. Cada una. Porque el calor mata. Aproximadamente una persona por minuto. Y la contaminación del aire, por quemar combustibles, se lleva 2.5 millones de vidas al año. La Lancet lo cuantificó: en 2024, las pérdidas económicas globales por estos eventos rozcaron los 304 mil millones de dólares.
En Brasil se reunirán ahora para la COP30. En Belén. Y aún faltan más de 65 países por presentar sus nuevas metas climáticas.
Un informe reciente —no recuerdo bien el nombre, algo como Estado de la Acción Climática— dice que, incluso si todos cumplieran lo prometido hasta ahora, el mundo iría hacia entre 2.3 y 2.5 grados de calentamiento. Peor que el límite seguro, pero mejor que los 4 grados que llegaríamos sin el acuerdo.
Pero para acercarse al 1.5, hay que hacer muchas cosas diez, nueve, dos veces más rápido: eliminar el carbón, frenar la deforestación, duplicar el crecimiento de renovables, triplicar la inversión en transporte público en las ciudades que más contaminan.
¿Y el dinero? Falta casi un billón de dólares anuales en financiamiento climático global.
Todos lo sabemos. Pero nadie actúa como si lo supiera.
Hace unas semanas vi una imagen de un arrecife blanco. No es belleza. Es cadáver. Es lo que queda después de que el océano se calienta demasiado. Los corales no se recuperan. No ahora.
Y ahora viene la pregunta que nadie quiere responder:
¿Qué pasa con los que no firmaron, pero que ya estaban ahogándose?
Porque el agua ya les llegó.
Y el acuerdo, nomás, no los alcanza.
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