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La foto los muestra entrando bajo la cúpula del Capitolio, el 20 de enero de 2025. Bill camina un paso adelante, Hillary con esa mirada que ya no necesita sonreír para no decir nada. Ambos vestidos como si nada hubiera pasado, como si el tiempo no hubiera cavado surcos más profundos que los de la política. Pero el pasado no se queda quieto. Ahí está, otra vez, con el nombre de Epstein colgando en el aire como un cadáver que nadie quiere bajar de la cuerda.
El Comité de Supervisión de la Cámara, en manos de republicanos, quiere hablar con ellos. No, no es una invitación. Es una citación. Y como no fueron a la cita —él el martes, ella programada para el miércoles— ahora hablan de desacato. James Comer lo dice con esa calma que imita convicción: nadie los acusa de nada, pero es “extraño” que no comparezcan. Extraño. Como si la palabra pudiera tapar el olor de la cacería.
Los Clinton respondieron con una carta. Dijeron que las citaciones no valen, que ya entregaron por escrito lo que saben —que no es mucho— y que todo esto huele a venganza. Escribieron algo así como: “llega un momento en que uno ya no aguanta más”. No exactamente así, pero en el fondo era eso. Como si estuvieran cansados de explicar lo mismo desde los noventa: que sí, volaron con Epstein, que no, no sabían lo que hacía.
Porque hay fotos. Salieron algunas. Epstein en el avión, el llamado Lolita Express, con Bill. No hay prueba de que él supiera —nadie ha podido demostrarlo— pero las imágenes no se borran. Quedan. Circulan. Y cada vez que vuelve un archivo, un nombre, un juez con ganas de abrir cajas, todo resurge como olor a humedad detrás del yeso.
Lo que no se dice es que el resto del comité, los demócratas, también firmó las citaciones. Pero de los demás, casi nadie está en el ojo del huracán. ¿Por qué ellos? ¿Por qué ahora? Porque sirve. Porque el desacato no es solo un trámite legal: es un espectáculo. Y en el espectáculo, los nombres grandes son los que llenan butacas.
Hay un profesor de derecho en Kentucky, Jonathan Shaub —no sé si se escribe así, creo que sí— que dice que estas citaciones se han vuelto menos herramienta legislativa y más arma de guerra. Que cuando no hay un proyecto de ley detrás, cuando no hay reforma posible, solo queda el escándalo. Y que si esto va a juicio, podría dañar el poder de fiscalización del Congreso en general. Ironía: querer controlar a otros minando el único instrumento que les queda para hacerlo.
Y mientras, el Departamento de Justicia no ha soltado los archivos completos. Millones de páginas prometidas para diciembre. Ya pasó enero. Febrero ya casi se acaba. “¿Dónde están los archivos de Epstein?”, preguntó Robert García en redes. Nadie responde.
No es nuevo, no es nuevo. Desde que este caso explotó —primero con acusaciones, luego con muertes convenientes, luego con testigos que cambian de versión— siempre ha sido así: un poco de justicia, mucho silencio, y nombres poderosos que nunca terminan del todo en la cama del juez.
¿Habrá cárcel? Bannon y Navarro la tuvieron. Cuatro meses cada uno por no cooperar con la investigación del 6 de enero. Pero ellos no eran ex presidentes. Tampoco ex secretarios de Estado. No tienen el mismo peso, ni los mismos abogados, ni las mismas conexiones.
La pregunta no es si sabían. La pregunta es quién más sabía. Y quién, en algún cuarto oscuro, decidió que ciertas fotos se publican… y otras no.
Y qué pasa con los que no aparecen. Los que nunca van a testificar. Los que no están en las fotos, pero sí en los pagos, en los favores, en los vuelos nocturnos.
Ahí está el misterio. No en el desacato. No en la citación.
En quién sigue volando, sin que nadie le pida el pasaporte.
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