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Shuría, de 40 años, madre de cuatro hijos, me contó algo que no logro sacarme de la cabeza. «No vamos a poder dormir tranquilos. Estamos asustados. Vivimos en un quinto piso, y en la misma calle donde se produjo el derrumbamiento», dijo, su voz temblando levemente. Aquí no ha venido nadie a inspeccionar las casas.
Había un aire de desolación en el distrito de Bensuda, en el sur de Fez, donde los bloques de pisos parecen estar apiñados uno contra otro, sin ningún control urbanístico. En la calle, hombres y mujeres, abrigados tanto a la usanza tradicional como con prendas modernas, observaban en silencio el desastre que se había cernido sobre ellos. El terreno estaba sembrado de cascotes y hierros retorcidos, lo único que quedaba de dos edificios residenciales que colapsaron poco antes de la medianoche del martes al miércoles.
Al menos 22 personas perdieron la vida y otras 16 resultaron heridas, varias de ellas en estado grave. Entre los fallecidos, se da por hecho que estaba un bebé de apenas dos semanas, al que se estaba dando la bienvenida a la vida con una celebración ritual islámica llamada aqiqah.
La Fiscalía de Fez ha abierto una investigación para determinar las causas del siniestro. Los vecinos aseguran que los edificios presentaban fisuras y que habían alertado a las autoridades, pero no recibieron ninguna respuesta. Se sabe que uno de los edificios estaba desocupado, con cuatro plantas de altura, dos más de las permitidas en la licencia de construcción original. El otro, habitado por ocho familias, tenía cinco plantas y era el sitio de la tragedia.
Los servicios de emergencia llegaron rápidamente y pudieron salvar a algunos supervivientes, pero las operaciones de rescate se suspendieron a primera hora de la tarde del miércoles. Los escombros eran un testimonio silente de la vida que se había perdido en unos momentos.
Bajo la lluvia y el frío, las mujeres de la zona servían cuscús a los miembros de los equipos de rescate, mientras los hombres deambulaban absortos entre los restos de lo que alguna vez fueron sus hogares. En el fondo, todos lo sabemos: la falta de control y la negligencia tienen consecuencias devastadoras.
Fez, la tercera ciudad más poblada de Marruecos y antigua capital imperial, está lejos de ser un lugar desconocido. Con su medina del siglo VIII, es un atractivo turístico importante. Sin embargo, los barrios periféricos como Al Mostaqbal, donde ocurrió el derrumbe, muestran una realidad cruda y a menudo olvidada.
En 2005 y 2006, el Estado derribó los poblados de chabolas y entregó terrenos para la construcción de viviendas, pero sin un control riguroso. El resultado es un distrito de bloques de pisos sencillos, con acabados y configuraciones distintas, donde los cables de todo tipo cruzan las fachadas y tejados.
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