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Era de madrugada cuando vi el comunicado. Lo abrí como se abre una herida: con desconfianza, con peso. Scott Bessent, el secretario del Tesoro de EE. UU., no titubeó. Pidió la retirada inmediata de las tropas, las armas, el equipo. Todo. Del Ejército de Defensa de Ruanda. Como si fuera fácil decir “todo” y que eso significara algo ahí, en las colinas de Kivu, donde la tierra sabe más de huellas que de fronteras.
No fue una advertencia. Fue un parte de guerra disfrazado de sanción.
Los nombres salieron como piedras en agua sucia: Vincent Nyakarundi, Ruki Karusisi, Mubarakh Muganga, Stanislas Gashugi. Cuatro militares, cuatro apellidos que no suenan en el debate público, pero que en los informes de inteligencia se repiten como códigos. Comandantes. Estrategas. Los que no firman acuerdos, pero los violan.
Y Ruanda respondió. No con silencio. Con fuego frío. Un vocero dijo que era injusto, que se torcían los hechos, que el ataque —el de los drones— fue indiscriminado. Que el Congo fue quien rompió el pacto. Que ellos, los de Kigali, no están allí. Que nunca estuvieron. Como si la historia no tuviera memoria. Como si el 2013 no hubiera pasado.
Porque el M23 lleva años bajo sanción. Desde entonces. Y sigue. Y crece. Y avanza. No como guerrilla, sino como ejército con logística, comunicaciones, apoyo aéreo. Eso no se sostiene solo. Todos lo sabemos.
Diciembre. Washington. Tshisekedi, Kagame, Trump. Firma sobre papel. Abrazos para la foto. Y debajo, la línea fina: minerales. No se mencionó mucho, pero todos entendimos. Litio. Coltán. Grafito. Lo que mueve al mundo y lo que quema al pueblo. Lo que hace que un acuerdo de paz dure menos que una declaración de prensa.
Y ahora esto. EE. UU. castiga a Ruanda, sí. Pero también envía un mensaje al continente: aquí decidimos quién entra, quién sale, quién existe. El Congo agradece. Dice que es un respaldo a su soberanía. Como si alguna vez la hubiera tenido completa.
Mientras, en Goma, una madre espera. No sabe de sanciones. Sabe que su hijo desapareció en un bombardeo. Que no había blanco militar. Solo un mercado, un cruce, un paso. Sabe que los drones vienen cuando el cielo está claro. Y que después, el silencio duele más que el estruendo.
¿Por qué ahora?
No es nuevo, no es nuevo.
Es que esta vez, el imperio cambió de bando. O solo hizo cuentas.
¿Y los que no aparecen?
Los que cavan.
Los que cargan.
Los que mueren.
Los que no firmaron nada, pero pagan todo.
Quién sabe a qué hora amaneció hoy en Kivu.
O si amaneció.
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