Trump threatens to ‘obliterate’ Iran's power plants as Iran strikes 2 Israeli cities : NPR

Irán ataca ciudades israelíes cerca de centro nuclear en ataque decisivo

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Arad, 22 de marzo de 2026. El cráter aún humea. Los perros ladran desde lejos, como si algo en la tierra les doliera. Un médico con las mangas remangadas hasta los codos arrastra una sábana sobre lo que queda de una casa. Nadie grita. No hace falta.

Hace unas horas, los misiles salieron de Irán. No uno, no dos. Algo así como ciento ochenta, dijo alguien en una reunión de emergencia, aunque después corrigieron: no, eran los heridos. Ciento ochenta heridos repartidos entre Arad y Dimona. Sesenta y cuatro en Dimona, ciento dieciséis en Arad. Algunos de los heridos aún no tienen nombre. No se sabe si están vivos o si los buscan bajo escombros que parecen montañas.

Dimona no es cualquier lugar. No oficialmente. Pero todos lo sabemos. Allí está el centro de investigación nuclear, ese que nadie menciona por su nombre completo, como si decirlo en voz alta lo hiciera más vulnerable. Irán dijo que fue un acto de retorsión. Por Natanz, dijeron. Por los días previos, Israel había golpeado una instalación nuclear en Irán. Y luego vino el silencio. Y luego, los misiles.

Las defensas israelíes, las que juraban interceptarlo todo, fallaron. No todas. Pero algunas pasaron. Lo suficiente. Las imágenes que circulan —por canales seguros, no por la prensa oficial— muestran cráteres que parecen cicatrices abiertas. En una, la cola de un misil sobresale del suelo como una cruz mal plantada. En otra, restos de metal retorcido, casi como arte moderno, pero nadie ríe.

En Teherán, el día anterior fue Eid al-Fitr. Hubo oraciones en la mezquita de Jomeini. Un hombre sostenía a un niño pequeño mientras rezaba. La foto, en blanco y negro, muestra sus rostros serios, cansados. La gente no celebraba. Se mantenía en pie. Como si ya supieran lo que venía. Quizás lo sabían.

Mientras tanto, en otra parte del mundo, el presidente Trump dijo en un mensaje que, si el estrecho de Ormuz no se abría en 48 horas, Estados Unidos destruiría las plantas eléctricas de Irán. Empezando por la más grande. No dijo cuál. Nadie preguntó. Pero todos pensaron en Bushehr. O en Isfahán. Lugares que, si arden, no solo dejan a millones a oscuras, también abren la caja de Pandora de una guerra energética.

Porque ahí está la clave: no es solo el fuego. Es lo que se apaga. Las luces, sí. Pero también las conexiones. Irán lleva cuatro semanas con el internet cortado. NetBlocks lo confirmó: no es un corte técnico. Es una medida deliberada. Como si quisieran aislarse, o simplemente impedir que el mundo vea lo que está pasando allá dentro. Más de mil trescientos civiles muertos, según fuentes médicas no verificables. ¿Mil trescientos? Podrían ser más. No hay forma de confirmarlo.

Los países del Golfo no están quietos. Arabia Saudita interceptó uno de tres misiles en las últimas horas. Emiratos respondió con fuego. Catar perdió un helicóptero militar en aguas territoriales. Seis muertos. Nadie sabe por qué se cayó. Pero todos suponen. Un fallo técnico, dijeron. O tal vez no.

Turquía advirtió desde Riad que si los ataques continúan, el Golfo podría verse obligado a responder. Hasta ahora solo han expulsado diplomáticos. Pero expulsar a cinco personas de una embajada no es nada si la guerra ya está en el aire.

El G7 se reunió, o al menos emitió un comunicado. Hablaron de la seguridad de las rutas marítimas. Del estrecho de Ormuz, de la estabilidad energética. Japón ofreció expertos en desminado para el caso de que haya tregua. Como si pudieran limpiar el mar como si fuera un salón tras una fiesta. No mencionaron el petróleo. Pero todos lo pensaron.

El precio del barril está en el cielo. No por escasez. Por miedo. Porque todo esto no es solo una guerra entre Irán e Israel. O entre Irán y Estados Unidos. Es una guerra por el control del miedo. Por quién lo impone, y quién lo soporta.

El comandante estadounidense Cooper dijo que Irán está perdiendo capacidad de combate. Ocho mil objetivos golpeados. Ciento treinta embarcaciones destruidas. «La mayor eliminación de una marina desde la Segunda Guerra Mundial», dijo. Pero no dijo cuántos civiles murieron. Ni cuántas ciudades se quedaron sin agua, sin luz, sin red.

Netanyahu llamó a la noche «muy difícil». No dijo si dormiría. No dijo si su gente lo creyó.

Aquí, en Arad, un niño pregunta por su hermano. Nadie le responde. Lo abrazan. Pero no responden.

¿Cuánto más puede quebrarse antes de que ya no quede nada que reconstruir?

Nadie responde tampoco a eso.

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