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Había un tipo en Teherán, de unos sesenta, con una chilaba desgastada y una foto de Khomeini en la mano. No gritaba. Solo miraba. A su alrededor, miles vociferaban “Muerte a EE. UU.”, quemaban banderas israelíes, pisoteaban símbolos como si con eso pudieran aplastar décadas de sanciones, de inflación, de un rial que se fue al piso como una moneda de plástico.
Era el 11 de febrero, aniversario 47 de la revolución islámica. El régimen movilizó a las multitudes, como cada año. Pero este clima no era como los otros. Algo pesaba más. No solo el frío de febrero. Pesaba el recuerdo de diciembre, cuando las calles se llenaron otra vez, pero no para celebrar. Entonces no había banderas ni cánticos oficiales. Gente común, jóvenes, ancianos, comerciantes, salieron a gritar por el pan, por el valor de sus ahorros, por no perder todo en cuestión de semanas. El rial se desplomó. La gente salió a las plazas, no con fotos de líderes, sino con bolsas vacías. Y la respuesta fue fuego real. Hubo muertos. Nadie dice cuántos. Como siempre.
Ahora, en cambio, todo era color: verde, blanco, rojo. Misiles expuestos como trofeos, restos de drones israelíes exhibidos como pruebas de resistencia. Sarcófagos falsos con nombres de generales norteamericanos, banderas en llamas. Una fiesta de odio orquestada. Pero el tipo de la chilaba… no cantaba. Solo miraba. Como si supiera que esta demostración de fuerza no era para afuera, sino para adentro. Para ellos mismos. Para convencerse de que todavía hay fe.
Todos lo sabemos: los desfiles de odio son también desfiles de supervivencia. Cuando el sistema se tambalea, busca enemigos lejanos para ocultar los problemas de casa. Pero los problemas no se van. La gente no olvida. Dicen que en algunas ciudades, incluso durante las marchas oficiales, se escucharon silbidos. Nadie los filmó. Nadie los repite. Pero circulan. Como esos audios que llegan a los grupos de WhatsApp desde Irán, encriptados, con voces apagadas que dicen “no aguantamos más”.
¿Y los jóvenes? ¿Qué piensan los que nacieron bajo sanciones, controles, represión? No están en las fotos oficiales. No los ponen al frente. Prefieren los rostros viejos, los ojos encendidos de fe ciega. Pero los de veinte, treinta años… muchos miran en silencio. Otros se van. Huyen. Cualquier excusa sirve: estudios, trabajo, turismo. Lo que sea con tal de no volver.
Hace unas semanas, un contacto en Estambul me dijo —no recuerdo bien, pero algo así como— que en los consulados iraníes en Turquía, las filas para salir son largas. “No es nuevo, no es nuevo”, me dijo. “Cada vez que aprietan, la gente busca salida.” Pero salir de Irán hoy cuesta fortuna. El pasaporte, las visas, los sobornos. Y mientras, el gobierno sigue prometiendo victorias. Victoria contra EE. UU. Victoria contra Israel. Victoria… ¿sobre quién?
El tipo de la chilaba, al final, se fue temprano. Antes del himno. Antes del discurso. Nadie lo notó. Como tantos, se desvaneció entre la multitud. Como si nunca hubiera estado allí.
¿Hasta cuándo?
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