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Kim Yo Jong no dijo “no” esta vez. Dijo algo peor.
Algo como: no vale la pena.
Fue el miércoles, según contaron allá, desde dentro del monolito de hormigón y silencio que es Pyongyang. No hubo gestos, no hay videos, solo palabras talladas en piedra por la agencia estatal: KCNA. Palabras que viajan como cuchillas. Dijo que las ilusiones de Seúl, esas de “reparar relaciones”, eran sueños salvajes. Y repitió: no. No va a pasar. No es posible.
Seúl, sin embargo, había saltado. Hacía días que buscaba un resquicio. Primero, el 4 de enero, Corea del Norte lanzó fotos de drones hechos pedazos cerca de Kaesong. Dijo que eran del Sur. Un acto de provocación. Luego, el domingo, Kim Yo Jong habló de nuevo. Exigió explicaciones. Pero entre líneas, alguien en Seúl —quizá en el Ministerio de Unificación— leyó distinto. Creyó ver una puerta entreabierta. Tal vez. Tal vez ahora sí.
Error.
Porque ahora, cuando más café frío se ha bebido en Seúl, cuando más se ajustan los audífonos para descifrar cada coma de Pyongyang, ella devuelve el golpe. No, dice. No hay comunicación posible. Esa esperanza, esa ilusión de diálogo… es una mala esperanza.
Y ahí va el verdadero mensaje: no es que digan “no”. Es que ya no disimulan que no les importa.
Lo curioso es que el ejército surcoreano ya había dicho: esos drones… no son nuestros. No usamos esos modelos. Así que, en realidad, todo apunta a civiles. Activistas. Tal vez disidentes lanzando cámaras de juguete sobre la frontera, como si eso cambiara algo. Pero allá, en el Norte, no importa. El acto es soberanía violada. Punto. Y ya no preguntan quién fue, sino qué significa.
Y significa: el Sur sigue hostil.
Kim Yo Jong dijo también que el presidente Lee Jae Myung anda muy ocupado con su diplomacia de ruego. Que anda por Japón, con esa tal Takaichi, repitiendo consignas de alianza con Estados Unidos. Que todo eso es teatro. Que es, literalmente, una ilusión.
Y tiene razón, en parte. Porque ¿qué ha cambiado desde que Moon y Kim Jong Un se tomaron de la mano en Panmunjom? Nada. Las sanciones, intactas. Las bases militares, vigilantes. Las familias separadas, muriendo sin despedirse.
Todo sigue igual.
Entonces, cuando alguien como Kim Yo Jong —hermana, consejera, posible sucesora, rostro visible del régimen— dice que no hay salida, no es solo propaganda. Es una forma de duelo. Un duelo político. Como si dijera: ya no creemos en lo que ustedes llaman diálogo. Lo intentaron, lo fracasaron, lo enterraron.
Y ahora, en Seúl, los analistas vuelven a leer cada palabra buscando grietas… mientras ella, desde el otro lado, no busca grietas. Busca consolidar el muro.
¿Por qué ahora?
Quizá porque el reloj avanza. Kim Jong Un envejece. Y ella, que ya habla en nombre de la “voluntad nacional”, que ya no pide permiso para señalar con el dedo, sabe que el futuro no se negocia. Se impone.
¿Quién se beneficia? Los que no hablan. Los que están detrás del escenario. Los dueños de la nube de ceniza que cubre Kaesong. Los que nunca han creído en el diálogo, porque nunca lo necesitaron.
Porque allá, el poder no se discute. Solo se transmite.
Bueno…
A lo mejor nunca supimos cómo empieza una guerra. Pero sí sabemos cómo termina un diálogo: no con un grito, sino con una risa seca, apenas audiblemente, entre líneas, mientras alguien en Seúl aún revisa su traducción.
¿Y los civiles que lanzaron los drones?
Eso no se pregunta.
O sí…
Pero nadie responde.
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