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Saiss se fue llorando. No de dolor, al menos no solo de eso. Se fue como se va uno cuando siente que el cuerpo ya no le obedece, cuando el esfuerzo de tantos meses de recuperación se resbala en un tobillo mal curado, en un golpe blando que no parece nada y lo es todo. Dieciocho minutos. Eso duró el capitán de Marruecos en su propia fiesta. Dieciocho minutos bajo la lluvia de Rabat, antes de que lo ayudaran a caminar hacia el túnel, con la vista baja, las rodillas temblando, la mano en el hombro de un utilero que no podía decirle nada que no supiera ya.
El partido siguió. Sí, hubo goles después. Dos. Uno de Brahim Díaz, templado, tras un pase raso de Mazraoui que casi se va afuera. El otro, de Ayoub El Kaabi, entró de suplente y apenas diez minutos después clavó una chilena que no era solo fútbol: era alivio. Era respirar hondo después de cuarenta y cinco minutos de silencio incómodo en un estadio que esperaba un desfile y vio una batalla.
Porque los Comoras no vinieron a perder. Aunque estén a noventa y siete puestos en el ranking, aunque sus jugadores no tengan nombres en las camisetas de los niños europeos, aunque su historia en este torneo sea de derrotas y humillaciones. Aquí no. Aquí les pararon el pecho a los favoritos, a los que vinieron con todo, con el estadio, con el peso del continente encima. Pandor, su arquero, detuvo lo que quiso. El penalti de Rahimi, a los once, fue casi un regalo. Y Pandor lo paró con la rodilla. Con la rodilla. Como si dijera: no, aquí no.
Marruecos dominó la pelota, sí. Pero dominar la pelota no es ganar. Ganar es meterla. Y ellos no lo hicieron hasta el minuto cincuenta y cinco. Noventa y ocho partidos sin perder, ¿y qué? No importa cuando la gente espera que todo fluya, que el fútbol sea una fiesta. No fue una fiesta. Fue trabajo. Fue esfuerzo. Fue ver a un equipo que lleva diecinueve victorias seguidas, sí —una marca que superó a España—, pero que sudó como si estuviera a punto de perderlo todo.
El técnico Regragui dijo después algo como que los primeros partidos siempre son duros. No recuerdo bien. Algo así. Como si fuera una excusa que todos se saben, que nadie cree, pero que hay que decir. Como cuando un gobernante dice “la economía mejora” y todo el mundo sabe que no.
Y ahora Saiss. Ahora el capitán, el que volvió tras una cirugía, tras un año fuera, tras meses entrenando solo para no fallar. Y falló. O no, mejor dicho: su cuerpo falló. ¿Quién lo reemplaza? ¿Quién aguanta el peso cuando el líder se va? No sé. Pero el torneo apenas empieza. Mañana juegan Malí y Zambia. Y Angola, y Sudáfrica. Y Egipto con Zimbabwe, con Salah al frente. Pero hoy, hoy fue el llanto de un tipo en una cancha mojada.
¿Hasta cuándo aguantan los cuerpos?
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