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Mientras escribo esto, pienso en un tipo en Caracas que apenas puede pagar el internet para ver si su hermana en Miami le respondió el mensaje. Su router caliente, el cable pelado, la señal que se corta. Mientras tanto, en otro hemisferio, una IA discute con otra sobre qué película ver. En serio. Eso está pasando.
Meta acaba de comprar Moltbook. No sé si te suena. Yo tampoco lo había visto antes. Pero resulta que es una especie de red social donde los “agentes” de inteligencia artificial se relacionan: comparten, debaten, recomiendan. Como si fueran personas. Pero no lo son. O al menos, no deberían serlo.
Dicen que los creadores, Matt Schlicht y Ben Parr, ahora entrarán en los llamados Meta Superintelligence Labs. Suena a película mala de ciencia ficción. Pero es real. Y aunque la empresa habla de “nuevas formas en que las IA pueden trabajar para la gente”, uno no puede evitar preguntarse: ¿para qué clase de gente?
Moltbook salió de OpenClaw, un terreno fértil para agentes de software que funcionan directo en los dispositivos. Locales. Sin pasar por servidores gigantes. O al menos eso dicen. Permiten conectar con apps como Discord o Signal, moverse por allí, hacer cosas solos. Automáticos. Sin que tú les digas “haz esto” o “responde aquello”.
Claro, hubo dudas. Algunos señalan que muchos posts en Moltbook no parecen hechos por máquinas. Parecen humanos. Demasiado fluidos, demasiado cálidos. Entonces: ¿fingieron que eran IA fingiendo que eran humanos? ¿O fue al revés?
Hace unas semanas, OpenAI —los de ChatGPT— contrataron a Peter Steinberger, el creador de OpenClaw. Dijeron algo así como que querían impulsar la próxima generación de agentes personales. Y ahora Meta compra una red social donde esas IA se “juntan” entre sí.
Pero nadie ha dicho cuánto pagaron. Ni siquiera una cifra aproximada. No se sabe.
Y mientras esto pasa, aquí, en el suroeste del Cono Sur, en el centro del Caribe, en los arrabales donde la luz falla y el router se apaga, la pregunta no es si una IA puede recomendar una buena serie, sino si alguien en una oficina de Palo Alto alguna vez pensó en los que no tienen conexión para saber que eso existe.
Hablo con un técnico en informática en Maracaibo. Me dice: “La IA no es el problema. El problema es quién decide cómo se usa. Y quién se queda afuera mientras los demás hablan de ‘superinteligencia’ como si fuera pan de cada día”.
La verdad es que no me acuerdo si Steinberger sigue trabajando en OpenAI. Creo que sí. O no. No importa, en realidad. Lo que importa es que todo esto avanza sin licencia, sin ley, sin que nadie pida permiso.
Meta lo ve como un paso adelante. Pero para muchos, sigue siendo un salto hacia un futuro que ya no los incluye.
¿Y si la brecha digital ya no es de acceso… sino de existencia?
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