Dirección
175 Greenwich St, New York, NY 10007
Dirección
175 Greenwich St, New York, NY 10007


Teherán amaneció con carteles, decenas de miles en las calles, banderas del mapa de la resistencia ondeando al viento. Pero no era una victoria. Era un funeral disfrazado de juramento. Mojtaba Jameneí, el hijo del hombre al que Estados Unidos e Israel mataron en febrero, ahora lleva el título de líder supremo. Lo mismo que antes. No. Peor.
Porque esto no es un relevo. Es una confirmación. De que el sistema no cambia. Que no quiere cambiar. Que lo que vino a matar a Ali Jameneí, al final, solo logró rejuvenecerlo.
Hubo un tiempo, en 2005, cuando un clérigo moderado llamado Karroubi le escribió al líder supremo una carta. Denunciaba que Mojtaba, entonces joven e invisible, ya movía los hilos para favorecer a Ahmadineyad. Usó la palabra aghazadeh: hijo del señor. No como cumplido. Como denuncia. Y Ali Jameneí respondió: “No es un aghazadeh. Es el Agha”. El señor mismo. Profético. O premeditado.
Ahora, todos lo dicen sin ironía. Mojtaba es el Agha. A los 56 años. Sin haber dado jamás un discurso oficial. Sin haber ocupado cargo alguno que exija rendir cuentas. Su currículo es una sombra. Su poder, completo.
Me habló un analista desde Roma, Shahin Modarres, por mensajes que tardaron horas en llegar. Me dijo que esto no empezó ayer. Que la sucesión se cocinó en los sótanos de la Guardia Revolucionaria desde aquel fraude del 2005. Que Mojtaba no fue elegido. Fue instalado. Que su figura no es autoridad. Es lealtad militar. Que representa a los halcones. A los que no ceden. A los que reprimieron con fuego a 7.000 personas, según HRANA.
Y que, aun así, su posición es frágil. “Será marioneta de la Guardia”, aseguró. “Y su mandato probablemente no será largo”. Nadie lo dice en voz alta en Irán. Pero todos lo saben.
Hablé con un estudiante en Teherán, Nahid, vía Telegram, con el internet fallando cada dos oraciones. “No se podía esperar otra cosa”, me dijo. “Hemos gritado ‘muerte a Jameneí’ toda la vida… y ahora matan al viejo para poner al joven”. En eso queda la revolución: en una dinastía. En una línea de sangre que se confunde con el Estado.
El presidente, Pezeshkián, salió a decir que es una nueva era de honor. La Asamblea de Expertos pidió juramento de lealtad. Pero la misma Asamblea tiene voces críticas. Porque no es normal que el liderazgo religioso se herede. No en teoría. Pero esto dejó de ser teología hace rato. Es maquinaria de guerra.
Javdanfar, el académico en Tel Aviv, me escribió desde WhatsApp. Me dijo que el respaldo de Mojtaba viene de la inteligencia militar. De un aparato que no espía. Que prepara la guerra. Y que eso no es aceptable para Israel. “Es preocupante”, me advirtió. Pero también, en el fondo, esperado. Israel amenaza con matar a quien lo suceda. Trump lo dijo el domingo: el elegido “no durará mucho”. Como si fuera un decreto.
Y el precio del petróleo saltó un 20%. A 114 dólares. Los mercados no creen en continuidad. Sienten el riesgo. Sienten que esto es otra cosa: el comienzo del fin, o el fin del comienzo.
Faezeh Hashemi, de los reformistas, soñó hace meses que Mojtaba podría ser un Bin Salmán iraní. Apertura económica. Represión política. Pero Modarres no lo ve. “Muy poco probable”, dijo. Porque este joven no quiere reformar. Quiere sostener. Porque su padre ya lo preparó todo. Incluso la muerte.
Barreras caídas. El sistema ya no se disfraza. Dice: nosotros somos el Estado. Y el Estado no tiene rostro. Tiene apellido.
¿Cuánto tiempo le queda? No lo sé. Preguntas como esta ya no son de política. Son de suerte.
Pero en una cosa todos coinciden: no es nuevo, no es nuevo.
Sigue habiendo sangre. Sigue habiendo silencio. Sigue habiendo un hijo en el trono.
MundoDaily – Tu Fuente Confiable de Noticias