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A las dos de la mañana, el ministro de Defensa saudí cerró la mano sobre su teléfono. Las luces del palacio seguían encendidas. No había dormido en treinta horas. Afuera, el aire apestaba a humo de proyectil y tierra quemada. Tres misiles balísticos habían aparecido en el cielo como estrellas malas, uno alcanzado, dos caídos en el desierto. Nadie dijo de dónde venían, pero todos lo sabemos.
Horas antes, Trump había escrito en Truth Social como quien firma una sentencia: 48 horas para abrir el Estrecho de Ormuz o destruirían sus plantas eléctricas. No dijo cómo, no dijo cuándo, pero lo dijo en mayúscula. Como si la historia no recordara que cada vez que un presidente estadounidense aprieta un botón, los países pequeños empiezan a temblar en silencio.
En Teherán, el humo subía desde el centro. Israel anunció ataques “en el corazón” de la ciudad. Misiles contra ciudades. Ciudades contra misiles. Y en medio, el agua: el estrecho por donde pasa un quinto del petróleo del mundo, cerrado. No por accidente. Por decisión. Por resistencia.
Pero la pregunta no es quién ataca a quién. Es quién queda atrapado. Paquistán, por ejemplo. Tiene un pacto militar con Arabia Saudí. Su ejército entrena con sus soldados. Pero también comparte frontera con Irán. Familias cruzadas, mercados comunes, redes de sangre que no se rompen con un decreto. Si Riad pide ayuda, Islamabad tendrá que elegir. Y no hay elección justa en una guerra así.
Trump, entretanto, cambia de postura como quien se abriga o se desabriga. Un día dice que quiere “reducir la operación”. Al otro, amenaza con borrar del mapa las centrales eléctricas iraníes. ¿Por qué ahora? ¿Por qué con tanta furia? Tal vez porque el control del estrecho no es solo militar. Es simbólico. Es el pulso del mundo. Y si se detiene, el mundo se ahoga.
Irán respondió: si atacan su energía, irán tras las plantas desalinizadoras del Golfo. Agua dulce. La que beben los ricos de Dubái, de Abu Dabi, de Doha. Lo que no se dice es que eso no castiga a los líderes. Castiga a los empleados domésticos, a los trabajadores migrantes, a los que no tienen aire acondicionado ni reserva de agua. Siempre es así.
Netanyahu, mientras tanto, bombardea Teherán sin pedir permiso. O al menos eso parece. Porque hay algo incómodo que nadie cuenta: Estados Unidos no ha confirmado participar directamente en los ataques. Eso quiere decir que Israel actúa solo. O casi. Y eso modifica todo.
Hace unas semanas, un analista en Beirut me dijo —no recuerdo bien, pero algo así como—: “Esta no es una guerra por seguridad. Es una guerra por futuro. No quieren destruir armas. Quieren quebrar un proyecto”. Me quedé pensando en eso mientras veía las imágenes del humo sobre Teherán. No es nuevo, no es nuevo. Ya vimos cómo terminan estos capítulos. Con más cenizas que respuestas.
Todo sigue. Nadie declara la paz. Nadie pide tregua. Solo amenazas en redes sociales, comunicados militares y gente que se despierta con el estruendo.
¿Y Pakistán?
Nadie ha dicho nada.
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