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Astana, a las dos de la mañana, y el frío se mete por las rendijas de los edificios nuevos que parecen palacios de juguete. Tokayev votó temprano. Sonreía en las fotos, la bufanda blanca al viento, como si todo fuera ceremonial. Como si lo que se estaba decidiendo no fuera, en realidad, quién puede gobernar sin límite, sin contrapeso, sin rendición de cuentas.
El referendo pasó. El ochenta y siete por ciento, dicen. Setenta y tres por ciento de participación. Números redondos, como siempre. El tipo que lleva la boleta limpia, lo miran. El que pregunta, lo detienen. Ya hubo arrestos. Multas a periodistas. Nada grave, oficialmente. Nada que justifique alarma.
Pero mira los cambios: otra vez el vicepresidente. Una figura que no existía desde el noventa y seis. Y no será elegido. Lo nombra el presidente. Directo. Sin votos. Como todo lo demás: el jefe del banco central, el de los servicios de inteligencia, el tribunal constitucional. Todo en sus manos. El senado, que antes tenía que aprobar, desaparece. En su lugar, una sola cámara. El Kurultai. Un nombre histórico, evocador. Como si estuvieran revistiendo de tradición lo que es pura centralización.
Dicen los expertos que esto no es solo reforma. Es una reconstrucción del poder. Desde adentro. Tokayev habla de un «nuevo sistema de gobierno», pero suena más bien a ajuste de cuentas con la transparencia. A un repliegue. A cerrar puertas.
El hombre que lo sucedió a Nazarbayev —ese que gobernó treinta años, que aún hoy pesa como una sombra— dijo que apoya todo. Claro que sí. Mientras no se toque el núcleo duro, mientras la élite siga intacta, el cambio es cosmético. O peor: una fachada para consolidar más.
Hoy hay una sola cabeza visible. Mañana puede ser otra. Pero el mecanismo ya está: si el parlamento se niega dos veces a ratificar a un nombrado… el presidente disuelve todo. Gobierna por decreto. Así, sin más. Y la libertad de expresión, ahí también metieron mano: no puede «menoscabar la moral» ni «perturbar el orden público». Versos viejos. Usados antes, en otros lugares, para acallar.
Kazajistán es grande. Energía. Minerales. Dinero. Pero desde que se fue la Unión Soviética, no ha habido verdadera transición. Todo se resuelve arriba. Y ahora, con esta nueva constitución, arriba es un solo piso. Uno solo.
No sé si Tokayev quiere quedarse más allá del 2029. No lo dijo. Pero no hace falta. El camino está abierto. Lo del límite de un solo mandato… bueno, las reglas también se cambian. Como todo.
Hace unas semanas, un analista —creo que se llamaba Kovtunovsky— dijo algo así como que esto era el fin de lo poco que había cedido el poder. Que ya no fingían. Que simplemente estaban preparando el trono. No para Tokayev. Para alguien más. O quizás para él mismo, bajo otro nombre.
Human Rights Watch lo advirtió. Pero aquí, en este mapa alejado, con fronteras largas y vecinos que tampoco preguntan mucho, las advertencias vuelan al vacío.
¿Quién queda para decir que no?
¿Y quién, en verdad, está escuchando?
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