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Alireza Arafí no parpadea. En una foto difundida desde una cuenta oficial en X, el clérigo aparece con la mirada fija, como si supiera que ya no hay vuelta atrás. Lo han puesto allí no por carisma, sino por lealtad. Eso es lo único que cuenta ahora en Teherán.
La Asamblea de Expertos no elige: ratifica. Eso lo saben quienes han estado dentro del sistema, los que han visto cómo los mismos nombres giran en círculo, cómo los seis juristas del Consejo de Guardianes designados por el fallecido Jameneí tienen, en la sombra, el veto final sobre quién puede o no aspirar al liderazgo. No es una elección. Es una ceremonia blindada.
Pezeshkián, el cirujano convertido en presidente, asume funciones de jefe de Estado. Lo llaman moderado en Europa, pero nadie ha visto que diga que no. Jamás. Ejei, el juez de puño cerrado, con sanciones por represión en 2009 y una amenaza reciente sobre los manifestantes —»no habrá clemencia»—, completa el triunvirato. Tres rostros. Un solo guion.
Y en medio, la Guardia Revolucionaria. El verdadero poder paralelo. El que controla entre un quinto y un tercio de la economía iraní. El que sabe dónde apretar para que todo tiemble. El informe del Middle East Institute decía que tiene “todas las herramientas necesarias” para alinear al clero. Nadie ha desmentido eso.
Israel y Estados Unidos bombardearon durante doce días en junio. La inteligencia israelí logró penetrar. La muerte de Jameneí no fue un accidente; fue un cálculo. Ahora, cada reunión de la élite iraní es un blanco. Cada congreso de los 88 clérigos, una amenaza. ¿Se reunirán en la sombra? ¿En lugares nunca revelados? Nadie lo sabe.
Hablan de Mojtaba Jameneí como heredero. Hijo del líder. El fantasma de una monarquía chií que muchos creían muerta con los Pahleví. Pero no —hay quienes dicen que al propio Jameneí le repugnaba la idea. Otros mencionan a Hassan Jomeiní, nieto del fundador. Leal, sí, pero demasiado moderado para estos tiempos de guerra abierta.
Lariyaní aparece como bisagra. Secretario del Consejo de Seguridad Nacional. Político oportuno. Navegante entre aguas conservadoras y moderadas. Seis fuentes dijeron que, en enero, Jameneí le encargó planificar una guerra con EE.UU. y, si caía todo, su sucesión. ¿Habrá ya un plan B? ¿Un plan C?
Rouzbeh Parsi lo dice claro: Irán no es un hombre. Es una oligarquía. Cada pieza puede caer. Otra la reemplaza. El sistema no se sostiene por carisma, sino por red. Por redes que no se ven.
Pero… ¿y si esta vez no alcanza?
Vali Nasr, desde Washington, no apuesta contra el colapso. Dice que, si la República Islámica cae, no vendrá ni democracia ni caos puro. Vendrá otro régimen, con caras viejas en roles nuevos. “Un gobierno interno”, dice. No hay fuerzas organizadas para tomar el poder. No hay alternativa real.
Como en Libia.
¿Quién se beneficia de esta incertidumbre? No solo Tel Aviv o Washington. También los que, dentro del aparato militar, esperan su turno. Los que saben que, en medio del fuego, el control se concentra.
Teherán guarda silencio.
Solo Arafí mira de frente.
Y no parpidea.
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